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INDUSTRIALIZAR

Industrializar Bolivia, el mayor de los desafíos

El empresariado industrial tiene un sueño largamente acariciado por varias décadas: dejar de ser dependientes de materias primas para ser un país productor de bienes de consumo hacia al mercado interno y externo. Sin embargo, hay varias dificultades.

Desaceleración de la economía, altos costos laborales, contrabando e informalidad son los principales enemigos que atacan al aparato productivo industrial boliviano. A estos males se añade también la excesiva burocracia, la tramitología y la asfixia impositiva.

La Cámara Nacional de Industrias (CNI) ha alertado que continuará la caída de la tasa de crecimiento de la economía y del PIB del sector industrial en 2019. 

“En 2016, el PIB industrial registró una tasa de crecimiento de 6,2%, en 2017 descendió a 3,3% y se estima que en 2018 continuó la tendencia de desaceleración del crecimiento industrial entre 3 a 3,5%. A diciembre de 2018, la balanza comercial del sector industrial manufacturero reflejó un déficit de $us 1.472 millones, superior en 12,9% a similar periodo de 2017, lo cual confirma el incremento de las importaciones industriales y la caída de las exportaciones industriales con sello Hecho en Bolivia”, manifiesta un informe de la entidad matriz nacional de los industriales. 

Sin duda, según el economista José Gabriel Espinoza Yáñez, el desarrollo industrial ha sido muy escaso en Bolivia. Sin embargo, mientras Bolivia sigue pensando y manejando planes de industrialización, se debe pensar en la transición que se vive en el mundo, donde las nuevas tecnologías están modificando de manera profunda las formas de producción, así como las fronteras entre los servicios y la industria, e incluso la definición misma de industria. 

 

Declive industrial

El déficit comercial del sector industrial es persistente desde hace varias décadas. En 2018, las razones principales que impulsaron el descenso en el nivel de la actividad industrial fueron los altos costos laborales producto del incremento salarial y el segundo aguinaldo; el creciente contrabando e informalidad y la desaceleración de la economía nacional.

Espinoza rememora que en los últimos diez años se han tenido visiones de desarrollo industrial propias de los años 50 ó 60, en las que se apunta por la industria de las fábricas mecanizadas, con tareas altamente repetitivas y en las cuales el producto entra desde su fase de materia prima y es procesado hasta salir completamente terminado.

En este caso, no se toma en cuenta que ya desde hace mucho tiempo la producción se ha desconcentrado y especializado, por lo que el desarrollo industrial está, ahora, altamente vinculado con cadenas globales de valor, en las cuales el servicio pre y post venta es fundamental.

Por su parte, el también economista Gonzalo Chávez apunta que en el país, nos concentramos en la primera definición de industrialización que apuesta a generar valor a los recursos naturales. “Bajo esa inspiración conceptual están las plantas separadoras de líquidos, la producción de urea y los proyectos petroquímicos para producir etileno y polietileno. También están los proyectos en la minería como el Mutún (hierro, acero, los que nunca avanzaron), Karachipampa u otros”.  

En la generación de electricidad se habla de varios proyectos: Entre Ríos, Misicuni, Cachuela Esperanza, entre otros. En agroindustrial, se impulsa el ingenio azucarero de San Buenaventura y varios otros proyectos pequeños como la Planta Industrial de Bi-mate (Coca y Stevia), Empresa Pública Productiva Apícola y otras. Sin embargo, afirma Chávez, imitar la industrialización de viejo cuño, como en Inglaterra, tiene pocas probabilidades de éxito.

 

Factores que frenan

Los rubros más impactados por la desaceleración económica industrial fueron alimentos, bebidas, textiles, manufacturas de madera, cuero, cemento, metalmecánica y el sector farmacéutico. La desaceleración de la actividad industrial se generó en todos los departamentos. 

Espinoza añade que el costo logístico es considerablemente alto en Bolivia, lo que dificulta el desarrollo de cadenas de valor integradas, no sólo con el mundo, sino entre regiones de Bolivia.

Por otro lado, prosigue, la regulación laboral responde a criterios de una economía industrial altamente desarrollada y con ausencia de informalidad, condiciones diametralmente opuestas a las que vivimos en el país, por lo que la contratación y creación de empleo en el sector industrial se ha vuelto una tarea compleja.

Otros factores que impiden el desarrollo del sector son la disponibilidad de la materia prima, y en general en la vinculación entre proveedores, es decir un problema de escala productiva de ellos, pero también está apuntalado por factores de debilidad institucional, ya que se hace muy difícil hacer cumplir los contratos con estos eslabones de la cadena productiva. 

“Hemos descuidado que un adecuado desarrollo industrial viene de la mano del desarrollo comercial, lo que implica un proceso de apertura, facilitación del comercio y vinculación adecuada del país con el mundo”, agrega.

Por su parte, estudios privados destacan al contrabando como uno de los mayores males que afecta a la industria nacional. Representa más de $us2.200 millones por año que se expande a la economía nacional a través del comercio informal, perjudicando a las ventas de las industrias formalmente constituidas.

Además, la CNI advierte que en 2019 primará el escenario político de cara a las elecciones presidenciales, descuidándose aún más el aparato productivo nacional y genera una particular preocupación el empoderamiento y fuerte influencia de la Central Obrera Boliviana en las decisiones del gobierno nacional, que impulsan un conjunto de factores adversos para la inversión privada industrial como son el incremento al salario mínimo nacional y al haber básico, el segundo aguinaldo, la ley de empresas sociales y los reglamentos técnicos industriales, que restan productividad a la industria nacional frente a los productos importados.

 

A largo plazo

Los resultados de la propuesta de desarrollo industrial, para el año 2030, según la CNI y su economista, Hugo Siles, se dividen en tres áreas de influencia.

La primera tiene que ver con impactos en el crecimiento económico, donde la industria manufacturera implica movimiento de circulante por la compra de materias primas y por el impulso al comercio de bienes terminados; la industria añade valor agregado, según este documento, a las materias primas y se impulsa la tasa de crecimiento económico a niveles superiores al 4,5 %. 

La segunda se refiere a impactos en exportaciones con valor agregado, donde, de acuerdo a previsiones futurísticas, las exportaciones industriales representen el 40% del valor exportado por el país.

La tercera y final promesa de futuro tiene que ver con impactos en creación de empleo digno. La CNI señala que “el resultado esperado más importante, sin embargo, es la creación de empleo. Un país cuya estructura profesional cambiará radicalmente por la incorporación de mayor número de activos a su pirámide exigirá mayores puestos de trabajo. La industrialización y la consolidación de industrias exportadoras debieran traducirse en que el empleo formal, digno, represente al término de esta estrategia en un 40% de todo el mercado laboral”.

 

Nuevas posiciones

José Gabriel considera que se debe impulsar el desarrollo de una industria del siglo XXI, que implica un cambio de enfoque respecto a lo que hemos venido haciendo. Afirma que “es cierto que la actual industria, aun con todos sus problemas, debe seguir siendo apoyada; sin embargo, se debe tomar en cuenta que hoy en día mucho de lo que antes se consideraba como servicio es ahora una industria. 

Por ejemplo, la gastronomía, aunada a la producción adecuada de alimentos, en condiciones de estandarización de calidad, correcto manipuleo y altos intercambios de información, que permiten tener los alimentos en los centros de consumo en tiempos muy bajos y con la mayor calidad posible, es una de las industrias más rentables, que además permite el desarrollo del turismo y la exportación de alimentos frescos a mercados de alto poder adquisitivo”.

Por otro lado, complementa, se habla mucho de la industria del software, y aunque es una opción altamente posible, por ventajas como el huso horario de Bolivia en relación a mercados como el de Estados Unidos, hay que entender que mucho del desarrollo de la industria tecnológica pasa por la vinculación con el aparato productivo existente, que les permita el desarrollo de nuevas formas de producción, más efectivas y eficientes.

Chávez sueña un poco más y cavila que en este tiempo, “se afirma que las industrias de servicios pueden desempeñar el papel que correspondió en el pasado a la manufactura. Los servicios aportan cada vez más al Producto Interno Bruto de los países en desarrollo y los empleos en los servicios urbanos se han ampliado significativamente”. 

Remata preguntándose “¿Es enloquecido pensar en La Paz, Potosí, Sucre y Oruro generando 1.000 millones dólares en turismo y gastronomía? ¿Oruro, la capital mundial de los camélidos, exportando 300 millones de dólares en carne de la llama? ¿400 millones de dólares en software desde Cochabamba? ¿Juntar la producción de energía solar y eólica, con economía digital y la minería del litio y el cobalto para generar 1.500 millones de dólares?  Definitivamente: No”.

Monica Briançon Messinger

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